Cultura del contacto cero

La sociedad humana encuentra fácilmente cómo controlar la sexualidad porque en el fondo conviene más al sistema de poder que la gente no exprese sus deseos. En el pasado, eran los matrimonios arreglados y, antes de eso, la vigilancia extrema de la virginidad de la mujer. Posteriormente, una relación monógama eterna se le imponía a la mujer, no al hombre. Hoy en día, con la decadencia de la monogamia, se ha puesto de moda otra manera de controlar la sexualidad que es la cultura del contacto cero.

Si antes se controlaba exageradamente la comunicación de la persona casada, ahora esta es una manera de controlar la comunicación de la persona divorciada. En la conversación popular, oral y de Internet, e incluso los abogados de divorcio lo recomiendan, que la pareja que se está divorciando no vuelva a comunicarse por un tiempo prudencial después de la separación. ¿Y por qué? ¿Las personas después de separarse no pueden hablarse como si fueran… personas?  Esto solamente promueve dinámicas tóxicas de estabilización socio-emocional, y retrasa la evolución orgánica del duelo. Hay situaciones de abuso físico donde el contacto cero es necesario, el problema es la prescripción generalizada.

Otro adefesio de control ideológico es la cultura de la mensajería textual. Nada más tentador para la elaboración de complejos juegos mentales que conllevan a la dosificación gradual de tortura psicológica. Hay incluso una prescriptiva de tal dosificación en la influencerización de la cultura amorosa.

Cuando recibes un texto debes esperar equis cantidad de tiempo antes de contestar para garantizar elevación de la tensión sexual en el otro lado. Algunos prescriben minutos, otros prescriben horas, otros prescriben días. Mientras tanto imaginas la tensión en el otro lado del teléfono y esto te causa un placer sadomasoquista. Ese otro imaginado al otro lado del teléfono puede estar pensando hacerte lo mismo en el momento que tú le escribas. El galanteo es un juego de tortura psicológica.

El epítome de la ideología de contacto cero es la promoción del bloqueo de su número telefónico. El que bloquea empieza a solazarse en la fantasía del sufrimiento del otro cuando descubra que ha sido bloqueado. Pero la persona nunca sabe a ciencia cierta si este sufrimiento ha ocurrido, si en verdad esa otra persona ha intentado comunicarse. ¿Para qué bloqueas a alguien que no vuelve a escribirte, si seguramente no volverá a escribirte y nunca sabrá que lo bloqueaste? Demasiada toxicidad destilando.

Ahora, otra cosa muy diferente es bloquear a alguien que te está acosando, o que te insulta y amenaza. Prueba tener una conversación con esta persona y explicarle por qué no quieres más contacto y las razones de esta decisión, para darle la oportunidad de cierre psicológico y así deje de insistir. Incluso le dices que si sigue jodiendo lo vas a bloquear. Después de eso si sigue jodiendo sí bloquéalo.

Una generación que ha crecido con la mensajería textual empieza a tener problemas para comunicar asuntos incómodos de forma oral. Ya no pueden recibir una llamada. Se refugian en la máscara de lo escrito. Cuando tienen algo que decir, deben buscar las palabras exactas para que su mensaje suene algo cínico y desinteresado, y establecer pausas exactas para no verse desesperado.

Por la presión de ejecutar sistemáticamente las complejidades del discurso escrito muchos deciden simplemente no contestar. Muchas veces no contestar simplemente está enviando un mensaje mucho más dramático incluso romántico: está diciendo que tiene miedo a hablar. El miedo a ser quien da más en la relación.

Y ese es otro problema, el discurso de quién da más no puede tener un subtexto más capitalista. Se desarrolla el conteo obsesivo de quién es el que más inicia el proceso de texteo. Y este generalmente es el que siente que va perdiendo en la negociación. En tiempos de antaño, existían varios nombres para el proceso de búsqueda de interacción con un objetivo de interés romántico. Se llamaba seducción, conquista, coqueteo o galanteo. Era válida la idea de buscar sin recibir, porque de eso se trataba seducir, hacer querer a alguien que antes no quería.

El amor no necesitaba ser digno. La dignidad se ganaba con la persistencia. La seducción consistía precisamente en tener que tomar la iniciativa muchas veces antes de ir concretando un objetivo. Hoy en día, se espera que la búsqueda resulte en una recepción inmediata, que si no ocurre a velocidad de wifi, entonces ya debería quedar descartada según la preceptiva moderna.

El resultado de todo esto va siendo un preocupante estado de soledad masiva con interacciones intermitentes que se desenvuelven en una cadena frenética de silencios llenos de historias no resueltas. En un contexto macrosocial, así se van debilitando las redes sociales que ocurren por medio de la comunicación verbal, y se construye una masa de sujetos más fáciles de dominar y manipular. Los seres humanos se irán reproduciendo cada vez menos hasta que la catástrofe del declive demográfico nos haga preguntarnos, ¿y dónde están los jóvenes? Ya en ninguna parte, ni siquiera frente a sus teléfonos.


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